Choque sutil de cabestros, palabras cruzadas, sibilinas, merma del espíritu, ganancia del espíritu. Freud se pasea por la habitación y va repartiendo el garrote, hay quien no se lo devuelve, que se lo queda, en esencia, en propiedad, que no se lo devuelve. Y los que miramos, sentimos y no comprendemos, y el garrotazo se queda ahí, se va repartiendo pero se queda ahí, porque el tuyo, el que te han dado a tí, el que duele, el que cosquillea en el pecho y que se va expulsando lentamente con el devenir de estas letras, lo retienes y lo piensas, lo racionalizas y es cuando no te gustas.
Y puede que todo parta de la incapacidad de visualizar la presencia de esos cabestros, conscientes plenamente de que lo son y, sobre todo, de que tú no lo eres, que puede que quieras serlo pero que la mayoría de las veces no sabes, porque llevas milenios sin practicar, sin saber siquiera cómo empezar, milenios en los que la complacencia han sido tu hábito y tu mecanismo de defensa más absurdo y más inútil.
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viernes, abril 27, 2012
lunes, abril 19, 2010
El nocilla
Siente Javier que nadie quiere estar con él. En la ducha se toca los michelines y cree que tiene superpoderes, cree ver la nocilla que se come cada tarde en enormes rebanadas, ve los bocadillos de chorizo que engulle entre sorbos de cocacola en el recreo, cuando más solo se siente. Y eso que está siempre riéndose, tiene Javier un carácter repleto de endorfinas, y por eso nunca estará enfermo, le dijeron una vez, porque se ríe y es feliz, aunque le moleste esa soledad de patio en la que el vacío de ese espacio tan seco acreciente la ausencia física de acompañantes.
jueves, diciembre 01, 2005
San Vigésimaoctava
San Vigésimaoctava es una santa más de la institución. No es la primera ni será la última. Nuestra mártir particular no vino al mundo para cambiarlo, se conformaba con irradiar su halo de buenas intenciones. La gran obra ya está asentada, es una verdad absoluta, incuestionable. Lo único que las alturas piensan que debe hacerse es limar asperezas, dialogar, equiparar, atender la diversidad, no traumatizar.
Ay de aquellos que osen discutirla!! Herejes!! Infanticidas!!
El señuelo es la creencia. La zanahoria que no se alcanza, que aviva las pasiones de los que no tienen toda la información sobre el cielo-infierno.
San Vigésimaoctava lo sabe muy bien. También lo sabe toda la Corte Celestial, presente, pasada y futura. Lo saben y da igual. Lo importante es que la fábrica siga su producción, que el resultado de la elaboración milimétricamente descuidada participe como hasta ahora, a chillidos tácitos, soberbios y, sobre todo, inmensamente ciegos.
Ay de aquellos que osen discutirla!! Herejes!! Infanticidas!!
El señuelo es la creencia. La zanahoria que no se alcanza, que aviva las pasiones de los que no tienen toda la información sobre el cielo-infierno.
San Vigésimaoctava lo sabe muy bien. También lo sabe toda la Corte Celestial, presente, pasada y futura. Lo saben y da igual. Lo importante es que la fábrica siga su producción, que el resultado de la elaboración milimétricamente descuidada participe como hasta ahora, a chillidos tácitos, soberbios y, sobre todo, inmensamente ciegos.
jueves, noviembre 03, 2005
Vera
Vera entiende perfectamente porqué le suceden esas cosas. Siempre le ha gustado la lectura y ella está segura de que esa afición le permite ver mejor, aunque lleve unas gafas que podrían utilizarse como posavasos u ojo de buey en los barcos, ella ve mejor y lo sabe. Cuando llega al Instituto empiezan a mirarla, siguen las risas e incluso se escapa alguna palabra que conoce pero no quiere ni descifrar. La clase es aún peor. Su aislamiento social toma una inusitada forma y fuerza física. Le duele muchísismo, pero su visión no le permite otra salida. Esa visión nítida se materializa en un interés compulsivo por el conocimiento, por la admiración de todo profesor que es capaz de hacerle pensar, que consigue transportarla a puntos de vista ajenos a los suyos, de implicarle en nuevos asuntos desconocidos e inquietantes, de tranquilizarla cuando esa visión se vuelve borrosa ante la abrumadora y siempre asfixiante presión de sus compañeros.
En el recreo lee. Casi todos los compañeros la entienden, en privado la respetan, pero nadie tiene la valentía suficiente de admitirlo.
En el recreo lee. Casi todos los compañeros la entienden, en privado la respetan, pero nadie tiene la valentía suficiente de admitirlo.
martes, noviembre 01, 2005
Punzadas
Sentía en mi cara el pensamiento de la gente que me observaba. Sus expresiones se reflejaban nítidamente en sus rostros, haciéndome sentir dubitativo, incómodo, inseguro, débil. Fruncía el ceño para coger fuerza, para insuflarme energía y sentido positivo. Imposible. Una punzada lenta y constante me desgarra el interior, el estómago. Es la furia de los excluidos, de los apartados que crean involuntariamente una destrucción lenta y parsimoniosa sucumbiendo ante la obviedad de un rechazo colectivo de los semejantes. La punzada sube hasta el cuello y pasa a los ojos, van a estallar en lágrimas. La tristeza ayuda a esa sensación de arrinconamiento.
Un ápice de soberbia me sobresalta, una respiración honda elimina los estacazos barrigudos. Pienso, simplemente en otra gente, que no tenga, desde mi perspectiva, esa vacuidad.
Un ápice de soberbia me sobresalta, una respiración honda elimina los estacazos barrigudos. Pienso, simplemente en otra gente, que no tenga, desde mi perspectiva, esa vacuidad.
Roberto
Roberto va todos los días al colegio y no sabe my bien que hace allí. Se lo pregunta a diario, no llega a respuestas que pueda entender, se lo pregunta a su madre, "porque tienes que ir", y él, obediente, coge su mochila de Bola de Dragón y sale a la calle a encontrarse con la niebla. Sus ojos normalmente hundidos se perfilan aún más con la humedad y el frío mientras sigue pensando, cada vez con menos fuerza, lo que le había dicho su madre. Dos casas más abajo de la suya se encuentra con un compañero de clase. Se miran, Roberto quiere decirle algo pero antes de que pueda hacerlo lo ve alejarse con una cara de espanto y agobio que no consigue ver pero conoce milimétricamente. No entiende porque le pasa eso tantas veces. Muy pocas personas se paran a hablar con él. A veces algún maestro, alguna compañera con trenzas, algún compañero que no tiene con quien sentarse. Pasa casi todo el tiempo solo.
Sigue su camino y llega al colegio. La puerta está todavía cerrada, tiene que esperar. Casi todos los niños de su clase están alrededor de un coche azul, apoyados con desgana, contemplando como dos de ellos pugnan por el liderato decidiendo lo que iban a hacer durante la tarde. Roberto va hacia a ellos. Se posa también sobre el coche, pensando que es uno más de la pandilla. Ríe cuando ríen, no habla, intenta entenderlo todo, no puede, quiere decir algo, tampoco. Sus amigos circunstanciales siguen hablando cuando aparece por la esquina el repetidor, el verdadero jefe. Camina con seguridad, aunque en su cabeza todavía retumban los gritos de su madre y la indiferencia de su padre. Eso era lo peor y también lo mejor, podía hacer lo que quisiera. No sabía el significado de la palabra límite, nunca nadie se había encarado con él, entre otras cosas porque sabía con quien medirse, tenía instinto para eso.
El despotismo doméstico se trasladó a la puerta del colegio, era fácil demostrar su poder en determinadas situaciones, le hacía sentir especialmente feliz, sobre todo si las risas de los demás acompañaban su iniciativa. Era simplemente sencillo y satisfactorio, nunca nadie le había dicho amistosamente que no pudiera hacerlo, ni le habían amenazado, ni habían infringido sobre él lo mismo con lo que él disfrutaba. Por lo tanto, era correcto.
Analizó su víctima propiciatoria. No era la primera vez, pero Roberto lo olvidaba con una facilidad pasmosa. ¿Cuál sería la excusa esta vez? ¿Necesitaba una excusa? "Quítate de mi sitio", gritó el tirano. Roberto, hizo un esfuerzo sobrehumano súbito que le autosorprendió para llegar a la conclusión de que: "No puedes tener ningún sitio, es un coche aparacado, no hay sitios en los coches aparcados". Nuestro pequeño dictador cambió su expresión rutinaria de desprecio, de tarea realizada asiduamente, por una de sorpresa ante la insultante actitud del inferior a su rango, ¿cómo podía atreverse ese, si ni sus padres le replicaban? Roberto recibió una patada en el costado que lo tiró en un alcorque llenó de colillas y envoltorios de golosinas que había junto a su sitio. Oyó risas. Mamá, ¿por qué tengo que ir al colegio?, pensó. Se levantó, abrió su mochila y comenzó a buscar nada en ella, deseando que el color rojo de su cara desapareciera y que los minutos pasaran con rapidez.
Sigue su camino y llega al colegio. La puerta está todavía cerrada, tiene que esperar. Casi todos los niños de su clase están alrededor de un coche azul, apoyados con desgana, contemplando como dos de ellos pugnan por el liderato decidiendo lo que iban a hacer durante la tarde. Roberto va hacia a ellos. Se posa también sobre el coche, pensando que es uno más de la pandilla. Ríe cuando ríen, no habla, intenta entenderlo todo, no puede, quiere decir algo, tampoco. Sus amigos circunstanciales siguen hablando cuando aparece por la esquina el repetidor, el verdadero jefe. Camina con seguridad, aunque en su cabeza todavía retumban los gritos de su madre y la indiferencia de su padre. Eso era lo peor y también lo mejor, podía hacer lo que quisiera. No sabía el significado de la palabra límite, nunca nadie se había encarado con él, entre otras cosas porque sabía con quien medirse, tenía instinto para eso.
El despotismo doméstico se trasladó a la puerta del colegio, era fácil demostrar su poder en determinadas situaciones, le hacía sentir especialmente feliz, sobre todo si las risas de los demás acompañaban su iniciativa. Era simplemente sencillo y satisfactorio, nunca nadie le había dicho amistosamente que no pudiera hacerlo, ni le habían amenazado, ni habían infringido sobre él lo mismo con lo que él disfrutaba. Por lo tanto, era correcto.
Analizó su víctima propiciatoria. No era la primera vez, pero Roberto lo olvidaba con una facilidad pasmosa. ¿Cuál sería la excusa esta vez? ¿Necesitaba una excusa? "Quítate de mi sitio", gritó el tirano. Roberto, hizo un esfuerzo sobrehumano súbito que le autosorprendió para llegar a la conclusión de que: "No puedes tener ningún sitio, es un coche aparacado, no hay sitios en los coches aparcados". Nuestro pequeño dictador cambió su expresión rutinaria de desprecio, de tarea realizada asiduamente, por una de sorpresa ante la insultante actitud del inferior a su rango, ¿cómo podía atreverse ese, si ni sus padres le replicaban? Roberto recibió una patada en el costado que lo tiró en un alcorque llenó de colillas y envoltorios de golosinas que había junto a su sitio. Oyó risas. Mamá, ¿por qué tengo que ir al colegio?, pensó. Se levantó, abrió su mochila y comenzó a buscar nada en ella, deseando que el color rojo de su cara desapareciera y que los minutos pasaran con rapidez.
Polo de naranja
Saboreo un polo de naranja de los de 25 pesetas y marca avidesa. Es uno de los primeros días de junio, el calorcito ya empieza a tener entidad. Voy guapo, con una camisera rosa, mi cartera y unos vaqueros láser. Entro al colegio, era el horario de tarde, aproximadamente a las 3 y media (es curioso recordar como la digestión antes no existía, ni la siesta). Soy feliz cuando siento una patada por detrás. "¿Qué pasa? ¿Qué pasa?" Sin risas, sólo crueldad fraguada por otros, violencia sobre mí sin haber hecho nada, sólo ser distinto a él, y no un hecho diferencial evidente, sino sutil, equilibrado y colmado de bienestar. "¿Estás contento con tu heladito?" Agacho la cabeza, compruebo que nadie me ha visto y sigo hacia adelante, y yo iba tan tranquilo...
domingo, octubre 30, 2005
La gente que deja que su perro asome la cabeza por la ventana del coche cuando van a más de 80 km/h
Una de las mayores disyuntivas que uno tiene en la vida se define por la postura. No física. Encarar o no encarar determinadas situaciones, conflictos, problemas. El que más te respeta es aquel que te dice, lo bueno y, sobre todo, lo malo. Sucede que los que se adaptan y no plantean un frente beligerante, suelen ser más felices, despreocupados y, me atrevo a opinar, huecos que los que se paran y resisten, o por lo menos lo intentan, íntimamente dialogantes con la actitud de mejoramiento y con la eterna duda del propio comportamiento, a veces calificado de soberbio.
La gente que deja que su perro asome la cabeza por la ventana del coche cuando van a más de 80 km/h, la gente que se deja adelantar en las salidas de la autovía tras esperar inmensas colas, la gente que chantajea a los niños para premiar su mal comportamiento, la gente que no piensa.
La gente que deja que su perro asome la cabeza por la ventana del coche cuando van a más de 80 km/h, la gente que se deja adelantar en las salidas de la autovía tras esperar inmensas colas, la gente que chantajea a los niños para premiar su mal comportamiento, la gente que no piensa.
miércoles, octubre 26, 2005
Simón del desierto
Mi columna es la pizarra. Mis barbudas, un rebaño de amaestrados milimétricamente. Mi soledad, la de Simón, la del olvido y la incompresnsión, la de la ignorancia consentida, "omertizada". ¿Se lleva el viento mis palabras? Si. No.
domingo, octubre 16, 2005
Adrenalina docente
Nadie me contó o supo contarme que era una profesión bipolar. Me refiero al trastorno que puede trasladarte de la euforia física al fracaso rancio en segundos de clase, entre timbres o diarios. Es una angustia asfixiante que te conduce a pensar en ceder, claudicar, en acomodarte a situaciones disparatadas y fatalmente humillantes mientras una inmensidad en tu interior te desgarra haciéndote sucumbir hacia la certeza de lo que consideras radical y firmemente correcto.
Nuestra sociedad se está autocanibalizando por los pies, desde abajo, con la permisividad pasmosa de la ignorancia, indiferencia y los intereses del hedonismo gollumniano. Se trata de un suicidio de la naturaleza, su experimento más ¿inteligente? está fracasando, quizá ya lo haya hecho y esa permisividad es fruto del mismo plan mortuorio. Un fin lento, pausado, consentido y luchado, un fin en el que el triunfo cambia de rostro, en el que la jerarquía, la maldita jerarquía se ha transformado hacia lo..., yo que sé hacia qué.
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