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domingo, septiembre 23, 2012
Castle
Pulsa sin convicción la tecla + en el mando y va viendo pasar los canales con monotonía, busca algo a lo que aferrarse, sin ganas de leer, sin ganas de fútbol, del que casi han conseguido que se harte definitivamente; necesita un argumento, un hilo conductor que le acompañe al plácido hueco del sueño. Nada, no encuentra nada. Entonces se le ocurre que sería buen momento para renovarse, se ve flotando en el carrusel de Logan y se volatiliza descubriendo una nueva serie, uno de esos títulos que ha pasado mécanicamente pero que ha tenido la paciencia de aguardar, entonces ve la pluma, el puente, el ritmo, los errores, la rapidez..., una nueva trampa.
jueves, abril 22, 2010
No sé
Y le costaba asumir nuestra animalidad, nuestro más puro estado de salvajismo que no hay biblioteca ni educación que remedien. Mantenía en discusiones y correspodencias que no, que algo más teníamos que ser, que los límites no debían estar tan claros, que las verdades son cosa de otros tiempos, de otras actitudes, que hace mucho que ya se demostró que no existen las absolutas. Y cada vez se enervaba más, incluso escribiendo, le sudada el bolígrafo o la pluma y empezaba a sentir una especie de incomodidad en la punta del dedo índice que le obligaba a arrojarlo con fuerza sobre la mesa, estirando los dedos. Cuando discutía, se le hinchaba una vena en el cuello, que se le ponía rojo, y gritaba. Nunca daba el turno de palabra y era incapaz de reprimir sus argumentos. A veces llegaba a insultar. Y eso que creía firmemente en la educación.
Y en el otro lado estaba el otro. El otro. Nunca tartamudeaba, los nervios no existían más que como sensación acústica, la razón era la dueña del mundo, incluso, y sobre todo, del caos. La explicación de todo vendría de ahí, no había que buscar más. Y por eso pensaba que no existía el remedio, que sólo quedaba el camino de la asunción de esa realidad, porque si no, estaba el sufrimiento perpetuo.
Y en el otro lado estaba el otro. El otro. Nunca tartamudeaba, los nervios no existían más que como sensación acústica, la razón era la dueña del mundo, incluso, y sobre todo, del caos. La explicación de todo vendría de ahí, no había que buscar más. Y por eso pensaba que no existía el remedio, que sólo quedaba el camino de la asunción de esa realidad, porque si no, estaba el sufrimiento perpetuo.
sábado, abril 03, 2010
Entre la complacencia y la estupidez
Quizá una de las claves se encuentre en el límite entre la complacencia y la simple estupidez, esa frontera difusa en la que podemos situarnos y que nos puede convertir, si no atinamos a ubicarnos correctamente, en marionetas sin autoridad propia o en tiranos consentidos. Hay verdaderos maestros en la teoría de dicha ubicación que se estrellan con escándalo fracasando de modo doloroso, así como hallamos genios en la práctica de la misma teoría. Uno puede pasarse la vida creyendo hacer lo correcto, siendo cortés y educado, incluso llegando a realizar sacrificios más o menos importantes, más o menos determinantes, estar convencido de que esa postura es la más lógica, la única posible, todo para que amanezca un día, o se desvanezca una tarde, y la conciencia de esa luz que intuíamos se presente como un destello, arrojándonos sin piedad la evidencia de un fracaso, la constatación de que, una vez más, la pugna inmisericorde se impone como regla de oro en el éxito, pulsión verdadera que nos recuerda que somos unos animales con muchas rémoras.
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