Nunca dejará de sorprenderme la insistente presencia de determinados complejos. Uno los ve desde fuera, nítidos, los propios también, pero sucede que hay casos en los que el roce con el ridículo, lo grotesco o incluso lo más intrínsecamente animal, no dan más que para provocar una enorme carcajada de conmiseración. Hablo del de superioridad, hablo de esa pulsión que algunos de nuestros congéneres poseen, ese reclamo que la naturaleza exige a cada individuo para ocupar un puesto en el entramado social, vecinal, familiar... Y se sorprenden por la existencia de los campos de concentración, las dictaduras o el lenguaje políticamente incorrecto. Podría ser muy divertido, pero no lo es. Puede ser que ese complejo nos ratifica en la inexistencia de salidas. Habrá que ganar alguna batalla aunque la guerra esté perdida (Luppi sigue siendo un maestro).
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